SEMANA SANTA EN ORIHUELA

Por lo general, hoy era un día grande-grande en Orihuela, en la Orihuela de mis años juveniles y… más. Semana Santa: las procesiones-procesiones había comenzado el Domingo de Ramos con “las Mantillas” -¿quién no tenía una madre de “las Mantillas”- y así, día a día, iban saliendo cada noche a procesionar escenas de La Pasión mientras que, por la mañana, teníamos aún clase; hasta el miércoles. Incluso en los años de Universidad. Mis primos, que llegaban de Madrid, estaban de va-ca-cio-nes desde el mismísimo sábado anterior y ya en la Procesión de las Palmas te recordaban que ellos estaban de vacaciones; después de COU, ya ni se atrevían, pero…. El miércoles llegaba nuestro desquite; a las dos se acababa el instituto y hasta el décimotercer día siguiente no había que volver. Ellos, mis primos, volvían a clase cuando nosotros iniciábamos las excursiones campestres aquellas de ir comer la mona (Mona de Pascua)… y a tontear.

Típico de Orihuela, Origüelica del Señor, en Semana Santa es que arrancan las procesiones con La Convocatoria y las bocinas gemelas, y la cierra la Compañía de los “Armaos” (Centuria Romana a día de hoy, que tengo un primo “armao” y…) que alista varios contubernios de algún manípulo de una Legión romana. Unos abren y otros cierran. Por en medio, las procesiones

En fin, lunes de “el huevo duro”, La Samaritana, porque la principal que procesiona viste de amarillo y blanco; martes de “la lechuga”, El Prendimiento, por que van de verde y blanco y miércoles de los repipis de El Lavatorio que visten de un azul extraño y blanco… y hasta tenían su propia centuria romana. Yo era de El Perdón, de los martes, de negro y rojo/verde/dorado, según el paso al que acompañaras. Mi madre quería que dorado, de María Santísima del Perdón, y yo prefería el rojo de Padre Jesús, incluso el verde de La Verónica. Cosas de familia y amigos… y ganan los amigos. La pugna-pugna estaba, recuerdo yo, entre El Perdón y El Lavatorio, y salía ganando La Samaritana que cada día eran más. Había, hay, más cofradías, pero estas son de nota. Hasta a la hora de poner la nota castrense: los de “el huevo duro” estaban abonados a los “paracas” de Murcia, y como El Lavatorio tiraba de Infantería de Marina de Cartagena, nosotros, más chulos, “lejías” de donde fueran… y los Legionarios daban la nota; la solemnidad de Padre Jesús “vencía” a los “Salzillos”. Rivalidad castrense procesional. Rivalidad que, además, llegaba a lo más interno de la cofradía por estar en el grupo que viste las imágenes; eran otros tiempos… Fernando, Emilio, Tomás, Baldo, Antonio, Ceferino… estaban, por años y familia, en primera línea. Orihuela son tradiciones.

Los jueves Orihuela enmudecía y se iba apagando al paso de El Silencio. La Hermandad del Silencio (1940) procesiona con la imagen del Santísimo Cristo del Consuelo. Cada Jueves Santo, exactamente a las 23’00 h., cruzan la Puerta de la Fe de la Real de Santiago el Mayor, la única de España donde en el escudo de los Reyes Católicos la granada está cerrada. En esa Iglesia celebraron Cortes y se decidió la conquista de Granada. Y así permanecerá hasta que abramos Granada”, y así la mantenemos… aunque Granada está conquistada. Orihuela queda en rotundo silencio, y sólo retumba el agónico tambor de los minutos y el sonido de la bocina convocante; Orihuela queda sumida en la penumbra y sólo los fanales de los hermanos penitentes y las velas de las gentes que acompañan el desfile dan un tono amarillo de candela. En puntos estratégicos suenan las voces La Pasión, un canto coral que parece arrancó en 1846.

Y como digo, el viernes era día grande porque llegaba la larguísima Procesión General de la Pasión donde todas las cofradías oriolanas intercalan sus pasos y nazarenos para hacer una completa cronología de la Pasión de Cristo, desde las palmas y ramos a la crucifixión; es eterna, pero es Orihuela en estado puro.

Pero la singularidad de Orihuela no terminaba el viernes. El sábado se celebra la Procesión del Santo Entierro y se cuenta con “el Caballero Cubierto”. Cada gremio, ahora profesión, saca su “paso”. Y ahí estaba San Juan Evangelista (San Juan de la Palma), seguido de los representantes de los sectores económicos; “La Diablesa”, otra singularidad oriolana porque, obra del alquimista De Bussy, muestra el triunfo de la Cruz sobre el mundo, el demonio -con cuernos y pechos de mujer- y la carne, que no entra en lugar sagrado, y que acompaña el Ayuntamiento (sabia gente la de Orihuela que los significa) y la parafernalia de la Junta Mayor; el Cristo yacente, que portan sólo hombres del Raiguero de Bonanza, al que sigue “el Caballero Cubierto”, distinción de la ciudad -por bula papal del siglo XVI- para quien ha hecho algo singular por Orihuela y cuyo privilegio es que no se descubre la cabeza (hoy no se quita chistera o gorra militar) ni el lugar sagrado, y, finalmente, La Soledad con los diplomados, licenciados, doctores y militares que la ciudad ha dado. Salir ahí es de lo más fascinante. Cosas de Orihuela; mucha etiqueta, protocolo y ringorrango: la Orihuela del XIX, hoy en el XXI. Se pretende que esta procesión sea declarada Patrimonio de la Humanidad. Me sumo.

El Caballero Cubierto tiene su momento previo de Gloria en el Colegio de Santo Domingo, el Escorial de Levante, donde recibe a los ciudadanos de Orihuela.

Pero a lo que iba y echo de menos: las Estaciones. Era costumbre “rezar las Estaciones”; cosa que hacían los primitivos cristianos por la Vía Dolorosa y que por estar donde estaba el lugar de autos terminó, a partir del XV, por hacerse en las iglesias y demás. Pues en Orihuela cada Iglesia arreglaba su capilla para rezar las Estaciones y en número impar, preferible 7 ó 9 -creo recordar (sorry, mamá)-, pues entre la tarde del jueves y la mañana del viernes había que cumplir. Ya con dieciséis años y más y más, lo mejor era que junto a cada oratorio estaba el tugurio de alivio donde ser servía vino y huevos duros. Pues con recios vasos de vino y huevos duros a porrillo, los amigos de siempre vivíamos los mejores momentos de la Semana Santa… a más de uno el vino nos hacía estragos.

Pero a la hora de la procesión, estábamos los nazarenos para dar caramelos a la chiquillería, habas a otros y algún detalle muy particular a quien queríamos conquistar, amparados en el capirote que cubría la cara. Las gafas y el reloj siempre me delataron; señas de identidad.

Mañana estoy en Orihuela. Faltaría más.

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