DEL PASAPORTE

 

Metido de lleno en esto del Museo del Turismo y de los Viajes y abriendo líneas de trabajo para componer el plan museístico y las líneas de investigación, hemos llegado a la de “Documentación”. La de “Mapas”, cartografía, es fascinante; y esta, “Documentación” no lo es menos.

No sé ahora mismo lo que dará este melón de la “Documentación” que acabamos de abrir, pero el capítulo “Pasaportes” tienen varios ítems y algunos hitos que pueden configurar de por sí una referencia en el Museo a pesar de las teorías y legislación sobre el Derecho a la Libre Circulación de las personas.

Esto va de pasaportes. Un pasaporte en regla evitaba que la persona fuese detenida. Él pasaporte era –aún es- un documento oficial impreso, firmado por la autoridad competente y refrendado por las de aquellos pueblos por donde pernoctase el viajero, debiendo contener un número de registro, las señas del portador y su firma.

Siempre oí que “pasaporte” venía a ser el “pase de puerta” que se daba en aquellos tiempos pretéritos de ciudades amuralladas -o de recuerdo de ellas- cuyo rastreo nos ha llevado hasta el Imperio Persa (Imperio Aqueménida; 500-331 aC). Pero héteme aquí que le leemos a Jerónimo de Covarrubias (Tesoro de la Lengua Española o Castellana, 1611) que el pasaporte es la “licencia para pasar alguna cosa vedada por los puertos”.

Nuestro gozo en un pozo. Para mercancías.

pasaporte

Pasaporte español de 1822

No nos podíamos dar por vencidos. Y en esta que en “La Política para Corregidores y Señores de Vasallos, en tiempo de paz, y de guerra” (Jerónimo Castillo; 1587, siendo éste corregidor de Guadalajara) se nos cita el pasaporte como documento fundamental a la hora de viajar: la “cédula de guía y pasaporte de passagero”. Hemos llegado pues a la conclusión de que la cédula de guía se aplicaba a la mercancía y el pasaporte al pasajero.

En fin, que nos estamos encontrado con casi de todo: desde salvoconductos (otorgados por un rey) a cartas de seguro (también por rey para personas amenazadas), pasando por cartas de amparo (de menor entidad que las anteriores y firmadas por alcaldes y justicias), cartas de creencia (para identificar al portador; un “créanse que soy yo/creánse que es quien dice ser”), pases (de lo más común, otorgados por la autoridad competente) y, naturalmente, pasaportes.

Ya en el Diccionario de Autoridades (1726-1739; primer diccionario de la Real Academia Española) todo estos documentos citados anteriormente quedan resumidos en uno, el pasaporte, que, por lo general, se daba a militares. Siempre se hacía constar el origen y el destino e incluso el itinerario a recorrer y el tiempo a emplear en ello; incluso el tipo de alojamiento a que hubiere lugar. Felipe V (1741) será el primero en España en diferenciar pasaportes militares y civiles por cuestiones que no vienen ahora al caso. Y Carlos III (1773) quien lo deja ya muy claro sobre el tipo de documento y que jefes políticos y alcaldes podían expedirlo.

Desde 1815 está regulado el capítulo de pasaportes entre España y Francia. Y desde 1824 quedará normalizada la expedición general de los mismos en España a través de la Superintendencia general de la Policía del Reino.

El pasaporte era necesario dentro España, para los españoles, hasta el Real Decreto del Ministerio de la Gobernación de 15 de febrero de 1854 por el que se suprimirán estos y todos los documentos existentes para transitar por el territorio nacional, siendo sustituidos por las Cédulas de Vecindad que fueron el antecedente del Documento Nacional de Identidad.

Pero lo nuestro ahora es el pasaporte para viajar; el del viajero.

Ya lo popularizaron los griegos. Las asambleas de las ciudades reconocían a sus ciudadanos y uno de aquellos avales era lo más parecido a un pasaporte de hoy en día. Cuando el Imperio Romano se hizo grande el pasaporte sumó la condición de control del tráfico de desplazamientos. Con las invasiones bárbaras todo se fue al garete hasta que un tal Rahtchis/Radics, duque de Friuli y dicen que rey de lo lombardos (745), para controlar a los que pululaban por su reino lo implantó como necesario.

Ya en el siglo IX los francos impusieron el tractoria (en recuerdo del pasaporte de la Roma imperial) que utilizaban los mensajeros reales. En el Sacro Imperio (romano-germánico) se utilizó el geleitrecht como tal, previo pago, con un complicado sistema garantista que poco a poco se fue generalizando, hasta tal punto que lo otorgaban los obispos a los peregrinos.

En el mundo islámico el pasaporte de aquellos primeros tiempos no fue otra cosa que un documento que probaba que el portador estaba al día en sus impuestos. Allí pagaban impuestos todos; unos mucho más que otros (la yizia de los dhimmies infieles era muy superior al azoque de los fieles), pero exhibiendo la bara’a uno podía viajar.

La peste negra vino a generar un tipo de pasaporte por las tierras europeas muy particular, el pestbrief; algo así como un “libre de peste” que te permitía circular en aquellos complicados años del siglo XIV. Ya en el siglo XV, por una ley del Parlamento, el rey Enrique V de Inglaterra pone en marcha un salvoconducto que se tiene por el primer pasaporte para cuestiones de viaje. Contaba The Guardian en 2006 que era gratuito para los extranjeros.

Total, que estamos trabajando en esto del pasaporte. Evitar que te entraran los espías a espiar fue uno de los motivos de su institucionalización; nada de fantasías con el mundo de los viajes y el incipiente turismo.

Y poco a poco fueron cambiando las cosas. En los años 20, los felices 20 del siglo XX, los turistas británicos consiguieron que despareciera la descripción de los rasgos de las personas; la consideraban que deshumanizaba al portador. Llegó a ser muy concreta y detallista. Y por eso se les añadió la foto del titular del pasaporte.

La normalización de los pasaportes es muy reciente; de 1980, gracias a las gestiones de la OACI/ICAO, Organización de Aviación Civil Internacional, en su Documento 9303… que pronto será papel mojado porque vamos camino del pasaporte biométrico.

Pero esa es otra historia en la que de momento no entra el Museo del Turismo y de los Viajes.  

 

PD. Por cierto, hasta el Papa de Roma tiene pasaporte. Esa es otra historia, pero lo noticiable es que el Papa Francisco (sin numeral, oiga; que no existe otro) ha optado por no usar el del Vaticano (repletito de privilegios) y seguir con el de la República Argentina.

 

 

 

 

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